Propaganda televisiva sobre el mundial de fútbol de 1978
Emilio E. Massera , Jorge R. Videla y Orlando R. Agosti
Cetedo
"Decíamos Ayer" es una investigación sobre la prensa argentina en la dictadura militar (1976-1983).
Tomamos dos capítulos de este gran trabajo elaborado por Eduardo Blaustein y Martín Zubieta. El primero de ellos analiza el discurso de Clarín y el segundo el de La Nación.
Apuntes de diarios Clarín
La tapa de Clarín del primer día de abril de 1976 dice así:
1)"Fijan las facultades de la Junta y el Presidente".
2)"Continúa el estudio de las medidas económicas".
3)"Intervienen a 12 sindicatos".
4)"Autorizan a racionalizar la administración pública".
5)"El general Cardozo es nuevo Jefe de Policía" (en el epígrafe de la foto Cardozo promete: " Perseguiremos a la subversión hasta su exterminio total").
Seguramente cinco de cada diez lectores de diarios saben que lo primero que se suele enseñar en periodismo a la hora de armar una cabeza noticiosa o lead es la necesidad de que ésta responda a las preguntas qué, quién, cómo, cuándo y por qué. Esta tapa de Clarín, en la que el quién resplandece por ausencia, refleja fielmente las estrategias de lenguaje de la época. Vista a la distancia resulta difícil evitar el chiste fácil de repasar los títulos y decir "Parece nomás que Marte atacó". El quién ha desaparecido y sin embargo, domina los titulares con una verticalidad y una voluntad ominosa e invisible, como si se tratara de un vasto poder invasivo e irrefutable, ajeno a los dominios de la razón, como si proviniera del más allá. El diario se somete a ese poder y agacha la cabeza renunciando a su presunta misión esencial: la mediación ante los lectores.
He aquí una de las estrategias discursivas de toda la prensa que dominan los primeros años de la dictadura. Desaparecen también los porqué y los cómo – las preguntas más potentes que pueden formular los medios salvo que se trate de revisar hasta el agotamiento el porqué llegamos hasta aquí, los horrores de la herencia recibida: desde la amnistía a los presos políticos el 25 de mayo de 1973, hasta la guerrilla industrial de la que hablaba Balbín, la inflación, las impotencias neuróticas de Isabel, el poder desmesurado del sindicalismo, la Cruzada de la Solidaridad, López Rega, las muertes de la Triple A sobre las que nunca nadie exigió explicaciones definitivas por la sencilla razón de que anteceden orgánicamente a lo que iba a suceder después – algo así como lo que el bombardeo a Guernica fue a la Segunda Guerra Mundial. La desaparición de las mediaciones periodísticas se verifica fundamentalmente en el primer tramo del gobierno militar en las páginas que debieran ser de información pura.
En esa misma edición del 1ro. de abril Clarín dice "En el Boletín Oficial de ayer fue publicado el Estatuto para el Proceso de Reorganización Nacional que contiene las "normas fundamentales a que se ajustará el gobierno de la Nación". El texto completo del nuevo instrumento legal es el siguiente …" Ahí manda Clarín el documento – de un altísimo valor periodístico – que termina en la página 26, como dijimos, junto con la psoriasis y el horóscopo, sin absolutamente ninguna valoración ni comentario. La misma mecánica se reitera en otros diarios durante largo tiempo: "El comando Zona I en un comunicado dice" y ahí va el texto: "En su discurso ante los egresados de la escuela naval tal el almirante X dijo" y ahí va el texto. Uno de los recuerdos más socorridos sobre los primeros tiempos de la dictadura es el que gira en torno de la súbita interrupción de la transmisión televisiva que daba paso al Comunicado Número… Los diarios no hacen sino amplificar socialmente esa misma verticalidad y la consolidad, dándola por imbatible.
Al recorrer los primeros meses post – golpe de las páginas políticas de Clarín, tan absolutamente neutras, tan grises, no se encuentra prácticamente ninguna vida periodística: pura y monocorde megafonía del palabrerío oficial. Uno las mira y se llega a preguntar veinte años después qué sentido tenía escribirlas, diagramarlas e imprimirlas, a no ser que se tratara de la mera existencia inercial de la empresa, un desensillar hasta que aclare o un apoyo por omisión.
Difícilmente existan respuestas universales para esas preguntas. Incluso puede sospecharse – pero esto recién surge de una comparación más minuciosa tras la lectura de los otros diarios – que puede haber una reconcentrada y digna voluntad de los redactores de Clarín para evitar toda mediación, siendo que no tenían el menor margen de libertad para hacerlo, y de convertirse en una explícita, extraña versión de gran Boletín Oficial. Algo así como elegir la opción del más absoluto silencio, y hasta de poner en evidencia ante los lectores más perspicaces los mecanismos de la censura. En lugar de "lean mis labios", "adivinen mi mordaza". Y aquí viene bien – para quienes desconocen el manejo interno de los diarios – remarcar una disquisición fundamental insinuada más arriba: la opinión de los diarios debe buscarse en sus editoriales o en los artículos de sus firmas más ilustres, no en la masa anónima y heterogénea de sus redactores.
Tal división, de todas formas, no es tan prístina y falla. Ocurre cuando en una crónica informativa de uno de los primeros encuentros de Videla con los periodistas, un redactor se decide a poner un tono de color y de macanudez.
"El teniente general Videla quebró rápidamente la solemnidad del momento instando a los periodistas a que le ofrecieran café …se prestó al diálogo franco". Entonces sí, Videla refucila sus verdades : "La función de la libertad de prensa asume principal importancia…", etc. Esas apariciones macanudas de Videla – cuya imagen venía siendo largamente trabajada un año antes del golpe en los medios más reaccionarios – cobrarán un cariz definitivamente consciente e instrumental en el mes del Mundial de Fútbol. Amén de editoriales, despliegues fotográficos en los semanarios, campañas del establishment, solicitadas privadas, oficiales o montadas por los servicios de información, no habrá diario que no deje de mencionar con perfiles altos o bajos las permanentes idas a la cancha y las salutaciones de los tres comandantes de la Junta, quienes llegan incluso a repartirse el fixture y federalizan su presencia en los distintos estadios del interior. "He venido especialmente en automóvil para poder saludarlos y desearles mucho éxito", dice Videla a los jugadores de la selección en Clarín o en otros diarios. "Nuestros jugadores mostraron coraje, corazón y esas ganas de ganar que en todos los aspectos tiene el pueblo argentino", sentencia después del 6 a 0 a Perú.
En algún punto la falta de vida de las páginas de los diarios se emparenta no sólo con el momento histórico político son con un periodismo mucho menos rico que el que hoy conocemos, entendiendo que "riqueza" no necesariamente es sinónimo de rigor ni profundidad. Ya nos referimos a esto cuando mencionamos el carácter provinciano y adocenado de la prensa argentina incluso en los primeros años de la democracia. Pero también el momento del Mundial es el que posibilita coberturas y despliegues absolutamente extraordinarios, tanto que algunos de los recursos gráficos – como las inmensas fotos de La Nación a doble página – empleados en ese mes del 78 posiblemente nunca más volvieron a emplearse. Aún dejando la dimensión de la operación propagandística en el lugar de lo tácito o subyacente, el contraste con el carácter casi fúnebre de los dos primeros años y medio es poderoso y lo más interesante es que dejará huellas. Al final del campeonato, Crónica se anota una carambola profética al titular: "Hoy comienza en el país la era 'Después del Mundial' ".
Con el Mundial, y aunque con una lentitud atroz, comienza oficialmente el deshielo. Como en las teorías del caos, hay algo que quedará fuera de lugar a partir de entonces, impulsado por fuerzas que escapan a la voluntad de regimentación absoluta de la vida y de la prensa misma. Se puede decir desde el lugar del horror que ya la represión había realizado casi en su totalidad la tarea de exterminio y ocultamiento, que la militarización de la vida no tenía que resultar tan evidente. Pero lo que transmiten también los diarios por primera vez a partir del Mundial es la idea de la gente por fin en las calles, la idea del reencuentro y de la alegría que – esto se ha dicho tantas veces desde la culpabilización – convivió con el más extremo dolor.
Efectivamente, los medios gráficos son la cadena de transmisión de la operación propagandística de la dictadura especialmente en sus editoriales o en la apuesta trivial del pan y circo. Pero esas fuerzas que irrumpen de pronto crean también un hiato, un paréntesis, en el caso preciso de Clarín una especie de permiso autoadjudicado para empardar editorialmente sus tapas desplegando tanto las victorias futboleras como las informaciones sobre la futura visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y las advertencias en esa misma materia de Jimmy Carter, el presidente norteamericano más odiado en la historia de la prensa internacional argentina. Por supuesto, el permiso que se da Clarín tiene límites estrechos y repite la mecánica de apoyarse en terceros (el Herald o quien fuera) a la hora de blanquear tímidamente los temas difíciles. En este caso, el apoyo en el que se legitima el impulso es la neutralidad presunta, el prestigio o el poder de la ONU o el Departamento de Estado y nunca la información o la denuncia propia. Pero marca una diferencia entre Clarín y los diarios tradicionales que se profundizará con el paso del tiempo.
Mencionemos antes, fugazmente, algo sobre la extraordinaria singularidad de Clarín. No sólo por su asombroso poderío económico actual ni por sus antiguas vinculaciones con el desarrollismo Clarín merecería más de un ensayo que analizara su historia y hasta dónde el diario refleja la evolución social y política del país. "Cuarenta años en la vida de un diario son suficientes para fundar una ideología", decía un veterano y sabio periodista cuando preparábamos este libro. Por de pronto, una forma de hablar de Clarín sería la de inscribirlo en la célebre lista de inventos argentinos. Aún apoyando también el golpe – aunque siendo el más frontal en la crítica a la política económica – Clarín tiene la extraña cualidad de sostener en pleno centro del horror su famoso suplemento Cultura y Nación, cuya mirada "nacional" contiene temáticas vinculadas al interior del país, las firmas de César Tiempo o Bernardo Verbitsky y también las obsesiones geopolíticas de generales que despotrican contra el poderío hidroeléctrico o militar del Brasil. Acaso sin tiempo para borrarlo, el primer suplemento Cultura y Nación del Proceso – ya Martínez de Hoz prepara la visita de David Rockefeller – está dedicado a Scalabrini Ortiz, "luchador infatigable de la causa nacional". Más adelante, los rumbos políticos a partir del extravío de la dictadura irán depositando al diario en una perspectiva crítica. Hacia el 82, Clarín se juega y se conecta con las temáticas del exilio, eso si, las más inocentes.
Si nos detenemos en estas marcas es para contraponerlas con el vaciamiento de vida que impera en las secciones duras del diario. Silencio en la sección Política, silencio progresivamente menor en las páginas de Economía, algún crimen interesante o alguna pequeña viñeta en Información General. Téngase en cuenta que, como sus colegas, el Clarín de la época es un diario macilento y flacucho, de 36 o 48 páginas, con unas tapas pálidas en las que sus títulos cuelgan sin ningún impacto visual. La fealdad hace a la época; capitalización mediante, ya vendrá después el espectacular crecimiento económico y sus consecuencias en el engrosamiento de los diarios y en su belleza actual.
Pero en lo que hace a vida periodística, ésta recién comienza en las páginas de espectáculos. Es allí donde los lectores de las clases medias mal que bien pueden respirar, se alivian, toman aire. De la opacidad absoluta de los titulares de política se pasa al uso irónico de las comillas en los titulares o al humor: "Buzzanca dirige, Bronson pega, Narciso asusta y vuelve Quijote", este último referido a la película con Meter O' Toole. Pasado un cierto tiempo habrá también denuncias permanentes y constantes contra la censura que otros diarios ni se dignan a rozar. Pero donde mejor estalla la vida – y esta es otra aproximación posible a la dimensión cultural del Mundial 78, sin ánimos de populismo – es en la vieja sección Deportes del diario. De nuevo la contraposición y la imagen de la Voz Tonante. Del lenguaje de las criptas, de las apariciones inexplicables de cadáveres, de los vicarios castrenses pidiendo sangre y del combate contra el monstruo marxista de las mil cabezas a este arranque de crónica: "El final era para contagiar a cualquiera. La purretada de Chacarita corría por toda la cancha, tapaba en toda la cancha, trataba de seguir creando fútbol por toda la cancha".
Habrá que suponer que esto último corresponde a la historia de la vida privada. Y que la historia institucional del periodismo durante la dictadura – en la que resulta arduo establecer límites con la Historia en general – hay que rastrearla en las primeras páginas, no en las de Deportes y Turf. Inodoras, incoloras, insípidas pero no indoloras, el lector atraviesa las páginas políticas de Clarín y no tiene quién lo defienda, ni le explique nada. El día que la Iglesia emita un raro documento con algún párrafo severo sobre secuestros o desapariciones, Clarín le dará un lugar destacado sin dedicar el menor esfuerzo a decodificar la jerga abstrusa de los obispos. El día de la tapa dedicada a Boca campeón y a un magno operativo propagandístico sobre una presunta red extremista en la Universidad de Bahía Blanca – días y días de duración del tema en La Razón -, monseñor Enrique Angelelli muere "víctima de un accidente automovilístico". Incluyendo algo raro o no, el diario publica la noticia junto a otras dos cuyos titulares dicen "Caen otros cinco terroristas" y "Detienen a Mario Amaya".
Ese es otro comportamiento paradigmático y general. Los muertos, los detenidos, los desaparecidos, confluyendo contiguos en un lugar vagamente siniestro, de cuya dimensión informativa los diarios nada saben. En cuanto a su lugar institucional, su relación con otros diarios y con el gobierno, Clarín "en estado puro" es bastante más prudente que el diario que a partir de 1978-79 comienza a atreverse a publicar ciertas informaciones dedicadas, nos referimos fundamentalmente a las referidas a las presiones externas por la violación de los derechos humanos. Veamos este párrafo particular que corresponde al editorial de Clarín del 24 de abril de 1978. Las autoridades acaban de clausurar Crónica y La Opinión. Clarín sale a "defender la libertad de prensa":
"Los órganos periodísticos se manejan con prudencia. El gobierno no ejerce presiones indebidas…La prensa se alinea sin dificultades en el rumbo general del proceso, y si tropieza, lo hace en temas que, o bien son de interpretación dificultosa, o bien carecen de un completo esclarecimiento por parte de los poderes públicos".
Las citas, se sabe, son ideales para ser traídas y llevadas de acuerdo con la conveniencia o la honestidad de cada uno. Pero más interesante de cara a este trabajo resulta recalcar la idea de que las palabras y los comportamientos individuales y colectivos son susceptibles de ser juzgados de manera diferente según sea la distancia histórica, además de fortísimamente permeables a las subjetividades y las presiones reinantes en cada época. Para el momento en que la dictadura, y con ella la prensa gráfica, lleva consumada la mitad de su recorrido histórico, hay lectores que agradecen los tímidos avances informativos de Clarín. Tal es el caso de la revista Medios y Comunicación. Cuestionando los que podía cuestionar y buscando oxígeno o señales de dignidad allí donde las podía rastrear, la revista había publicado en septiembre de 1979 una entrevista a Robert Cox en la que se podían leer dos títulos que entrecomillaban frases del director del Herald: "Escribir cualquier cosa por miedo a perder el empleo es cosa de cobardes" y "Los periodistas son mejores que los dueños de los medios". En el número siguiente, diciembre del 79, Medios y Comunicación dedicaba una página de virtual homenaje al crecimiento y la evolución de Clarín. Recordemos la época, comienza el lentísimo deshielo politico aunque 1980 resultará una larga travesía en el desierto:
"En la actualidad, Clarín edita un promedio de 500 mil líneas de esos anuncios (clasificados) a lo largo de más de 30 páginas. Los avisos de un solo domingo dejan al diario una cantidad estimada en un millón muy largo de dólares…Su tirada de los días de semana no baja nunca de los 500 mil ejemplares. Los domingos puede trepar hasta los 900 mil…Creció la información deportiva, sin descuidar por ello la investigación económica. Ciertos esquemas formalistas, atildadamente solemnes, quedaron felizmente sepultados. Los mejores análisis de la realidad pueden estar dados, hoy por los dibujos de Landrú o de Sábat. Hay más notas firmadas, hay más atrevimiento y audacia en el comentario político, en el cual la seriedad del relato no tiene por qué excluir la anécdota. Allí puede estar la explicación del raro fenómeno que representa Clarín".
A dos años de cruzar la frontera final del milenio el Clarín del 79 puede resultar un diario tedioso, opaco, conservador. Lo valioso es intentar ubicarse en ese mismo año y dar como razonables las explicaciones del porqué del raro fenómeno de Clarín.
Sentirse como en su casa
La Nación
"...las Fuerzas Armadas y los empresarios tienen la misma necesidad de alcanzar éxito en esta etapa que se inicia; el fracaso podría reivindicar, si se produce, tendencias populistas que ni las Fuerzas Armadas ni los empresarios quieren."
(Páginas económicas de "Al margen de la semana", La Nación, 15/03/81. la cita es anterior al recambio de Martínez de Hoz por Lorenzo Sigaut).
El diario La Nación, para el año del golpe, llevaba ya 106 años de existencia. Al pensar este libro surgió la obvia pregunta acerca de cuál debía haber sido la actitud de los grandes diarios durante la dictadura, según su antigüedad y su peso (seguramente seguiremos preguntándolo sin obtener respuestas tranquilizadoras). Lo primero que hay que reconocer es que el mapa completo del horror no lo tuvo nadie en Argentina hasta algunos años después del 83. Acaso esto invalide la pureza ética original de la pregunta, aunque la impugnación sea sólo parcial. Tratemos sin embargo de replantear la misma pregunta desde un lugar desplazado, un tanto ingenuo ¿Cómo percibirían los directivos y los miembros más conspicuos de la redacción de La Nación la entidad profunda del gobierno militar, su significación histórica, el sentido de la propia responsabilidad? ¿Tenían en principio la posibilidad de tener esa perspectiva histórica? ¿La tendrían pero distorsionada por el propio peso, no el del enésimo gobierno militar, sino el del propio siglo y pico de existencia del diario, emblema de la fundación del país, de la inteligencia de sus dirigencias?
En la eventual suposición de que La Nación, diario inminente, diario influyente, hubiera querido emitir alguna señal crítica ante el accionar represivo de la dictadura – hablemos de humanitarismo para no meternos en las honduras de la doctrina liberal - , ¿qué debía hacer? Claro que la pregunta vale para todos los medios gráficos pero más para los históricos ¿Debía presionar pública pero sigilosamente, acaso junto con algún sector de la Iglesia o con algunas personalidades lúcidas, "civilizadas"? ¿Debía arriesgar la vida de alguno de sus profesionales? ¿Debía cerrar como cerró Cuestionario? Pero, ¿cerrar, una empresa periodística con 106 años de alcurnia, por las salvajadas (entonces indemostrables, o dolorosas pero inevitables) cometidas por un gobierno que iba a pasar, como todos?
Evidentemente, son más que preguntas ingenuas. Pueden parecer primarias, toscas, inocentes. No viene mal sin embargo plantearlas desde un despojamiento absoluto de todo realismo, desde un principismo elemental. Ahí están los ejemplos del liberal Robert Cox en el Herald, del muy conservador Manfred Schonfeld en La Prensa, del Diario Río Negro, que llegó a dirigir James Neilson, de unos cuantos artículos valiosos firmados en Clarín a partir de 1979. Esos ejemplos parecían indicar que el principismo termina ganando algún lugar en la historia. Y no estamos hablando de Walsh, de los periodistas que lo acompañaron en ANCLA y Prensa Clandestina, como militantes políticos o no, ni de los periodistas zurdos o no desaparecidos, de los centenares de periodistas exiliados.
Estamos hablando de un piso mínimo de valores y también de la posibilidad pragmática y no ampulosa de algo que se pudiera hacer para salvar vidas. Publicar solicitadas pidiendo la verdad sobre los desaparecidos, un ejemplo, cosa que La Prensa hizo con frecuencia y tempranamente, por las razones que fueran.
La Nación no tuvo necesidad de ensimismarse en la opacidad informativa de Clarín, ni tampoco salió a abatir el parche iluminado con una luz magra los resquicios democráticos que pudiera abrir la dictadura, cosa que con tanta frecuencia ocurrió en La Opinión. La Nación sencillamente, pareció sentirse cómoda, como en su casa. El primer editorial del diario, una vez inaugurada la dictadura, lleva este título:
"La edad de la Razón". Poco después del golpe, en sus páginas de opinión aparece un artículo en tres partes – "Tres años de declinación económica" – que fundamenta, por contraposición con la gestión peronista, las bondades profundas del proyecto económico del Proceso, con el que posteriormente La Nación tomará distancias – aunque nunca tan claras como las de Clarín. Y a diferencia de Clarín el diario que por entonces era sólo de los Mitre mantiene intacta la sobriedad de su portada, formas algo más elegantes para volcar la información – pobre – y mantiene también algo de su propio señorío a la hora del análisis político semanal.
Insistimos: son 106 años de existencia y un universo cautivo de lectores notables: funcionarios judiciales y diplomáticos, hombres de empresa, políticos semi - jubilados pero no clandestinos, la gente de campo, miembros de las FFAA, profesionales, la Curia, figuras de la cultura señera y de la que hoy denominaríamos progresía liberal. Cada diario tiene un mercado propio – sólo el de Clarín atraviesa transversalmente a la sociedad – y el público de La Nación en un sentido un tanto exacerbado, sería el de un club selecto que se sabe dominador.Aquí interviene la larga historia de un malentendido: el concepto de opinión pública. La idea conveniente de que la mera suma de los editoriales de tres diarios y un nuevo aleatorio y breve de voces calificadas conforman eso que se llamaba opinión pública. El concepto ha languidecido (a los editoriales hoy se sumaria el ruido de las encuestas y la visión de 7 economistas que piensan más o menos lo mismo) pero, para 1976 aludir a La Nación era decir algo bastante parecido a "opinión pública". Eso otorga un nuevo plus de responsabilidad.
La Razón – diario del que hablaremos más adelante – es la cara más brutal y despiadada de la prensa del proceso. La Nación es reflexiva, serena, low profile. El 2 de marzo de 1976 el analista político del diario se refiere al caos y a la implosión peronista diciendo: "Se habla de una unidad que en rigor no existe". Dos días después viene el contraste:
bajo el titular de la tapa que dice "Hónrose ayer al Almirante Brown". Se remarca la idea de "una clara reafirmación de la cohesión de las FFAA". La Nación puede que utilice palabras abundantes para atacar al peronismo agonizante, como hacen todos, con la fiereza habitual con la que los medios argentinos atacan a los gobiernos débiles, especialmente si son civiles. Pero elige la austeridad a la hora de enaltecer el augusto silencio, "la preocupación" de las FFAA, cuya estrategia consiste en dejar que el gobierno de Isabel se pudra, más y más, para entonces sí interrumpir en el gobierno con el mayor respaldo posible.
Designóse, nombróse, detúvose, reuniránse, abatióse…los verbos impersonales de los titulares atraviesan la tapa y las páginas interiores de los diarios en que se conjugan esas pomposidades con una soltura a la hora de volcar la propia opinión que es mayor que la de Clarín. En algo se emparenta con La Opinión: en la voluntad de moderar los sesgos más medievales y fanáticos del régimen y de ampliar los márgenes de expresión por lo menos en los medios que la dictadura dejó en pie, a menudo amparándose en la hipotética figura reposada de Videla o en los supuestos principios doctrinarios del proceso. En algo se diferencia fuertemente del diario fundado por Jacobo Timerman, con el que además se enoja: La Nación, al igual que el Cronista Comercial y Gente no quiere saber nada de documentos gremiales ni escuchar la palabra "sindicalismo". También se suma a otros diarios cuando se trata de reclamar por la vida de determinadas víctimas de la represión, las que provienen del propio entorno social e ideológico. Para ellos La Nación, en lugar de aludir a responsabilidades concretas del aparato de estado, acude al eufemismo generalizado del "extremismo" en abstracto, "una conjura que desde algunos centros internacionales se ensaya para crear en el exterior la imagen del caos en la Argentina" (la cita es de una editorial de julio de 1976). Como se ve es interesantísima – o diabólica – la manera subterránea de interpelar al gobierno militar. Se lo interpela ocultando su identidad, diciendo ustedes son los responsables pero ustedes no son, se lo critica entre nos, reinventando y otorgando una dimensión aún más fabulosa al enemigo subversivo al que el gobierno desesperadamente acude y magnifica para legitimar su propia necesidad de existencia. La segunda estrategia discursiva del diario es a duras penas más creíbles y la repiten sus colegas: aludir – ante la parcial feudalización de las tareas represivas – a la necesidad de que el estado ejerza con mayor eficacia y sin descontroles el monopolio de la violencia. Lamentablemente esas penosas aproximaciones a una mínima dignidad quedan eclipsadas, o más bien reducidas a cenizas, cada vez que La Nación – como otros diarios y revistas – ejercen el rol de defensa estratégica del gobierno militar, se trate de los reclamos de Carter, los de la Sociedad Democrática Europea o de la visita de Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
Hacia 1979, cuando ya Clarín e incluso Crónica dedican un amplio espacio a la visita de la CIDH – sin que esto implique acercar un grabador a la boca de algunos de los miles de familiares de desaparecidos que hacen cola para dar su testimonio – La Nación no deja de dedicar su propia aunque distante cobertura del asunto y además publica el listado de 200 cámaras empresariales y otras organizaciones civiles que se preparan para publicar la solicitada de despedida de la Comisión. El título de esa solicitada, dice en el cuerpo catástrofe "los argentinos quieren decirle al mundo" ¿Decir qué? Que "Los ARGENTINOS estuvimos en guerra", que la decisión de entrar en esa guerra "no fue privativa de las FFAA" y que "todos absolutamente todos los hombres de buena voluntad que habitan suelo argentino pedimos a las FFAA que entraran en guerra para ganar la paz. A costa de cualquier sacrificio". Y que "en idénticas circunstancias volveríamos a actuar de idéntica manera".
Esa es una hermosa pregunta para la historia. En idénticas circunstancias, ¿volveríamos a actuar de idéntica manera?
Todavía seis años después del golpe, aunque La Nación ya ha dejado de dedicar editoriales elogiosos para cada aniversario del 24 de marzo, el diario no se atreve a cuestionar los costos de la represión. Más bien al contrario, mediante el editorial del 28 de marzo de 1982 – cuando se sabe ya que la dictadura entró en colapso, pateado hacia delante horas después con la guerra de Malvinas – el diario se identificará plenamente con el discurso de las FFAA: "De ninguna manera está en juego la revisión de la guerra contra la subversión … ya que (las victorias de las FFAA, desde la Independencia ) son la causa de que la Nación viva".
Nos preguntábamos cuál sería hacia 1976 la percepción que los hacedores de La Nación tendrían sobre el significado profundo, la proyección histórica del horror desatado. En su primer balance sobre la llamada guerra sucia, desde su trabajo como periodista y militante clandestino, Rodolfo Walsh citaba hacia octubre de 1976 los contenidos de una carta abierta escrita por Emilio Mignone meses antes, a raiz de la desaparición de su hija Mónica. Mignone – contextuaba Walsh – había sido viceministro de Educación durante el gobierno de Lanusse y "no tenía agravios con las Fuerzas Armadas ni con la Marina", razones que no impidieron que los diarios acataran la orden que prohibía la publicación de la carta. Convencido de que Mónica había pasado por la ESMA, recibido por Massera y haciendo su propio cuadro del horror a partir de su tragedia personal, Mignone – uno de los fundadores del CELS – había escrito esto:
"O estos miles de presos detenidos por hombres en actividad de las FFAA están en su jurisdicción, y entonces toda la jerarquía militar miente y construye una gran farsa cuando nos recibe sonriente y amablemente, o los comandantes que actúan de esta manera no están subordinados a sus mandos, y entonces la situación es gravísima. Calcule usted las consecuencias y responsabilidad histórica de quienes ascendieron al poder el 24 de marzo con la bandera del monopolio del poder por el Estado…¿Cómo no tienen conciencia de que de aquí a dos años, sea que hayan matado a los 20 o 30 mil marginales que han encarcelado o esperan encarcelar, o sea que los suelten, luego de meses de ocultamiento y encadenamiento, encapuchamiento y torturas, la literatura sobre el tema va a inundar el país y se va a volver como un boomerang imposible de detener sobre las propias Fuerzas Armadas?"
La carta de Mignone, aunque tiene como particularidad una lucidez y una capacidad profética conmovedoras, era un documento más que llegaba a las redacciones, junto con los despachos de Walsh o las denuncias masivamente rebotadas de los familiares de desaparecidos. En el libro Con vida los queremos, editado por la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires, se cita un episodio ocurrido en la redacción de La Nación, cuando la madre del periodista Víctor Eduardo Seib acudió a pedir ayuda. Seib había sido miembro de la comisión interna del diario y fue secuestrado el 30 de julio de 1976, a los 27 años. Por esos mismos días desaparecieron otros delegados de la empresa.
"En una oportunidad la mare de Seib insitió en La Nacion para que publicaran la denuncia del secuestro. Tanto hizo que le recomendaron malamente que escribiera sólo dos carillas contando todo lo que supiera. Escribió a mano con la letra más chica que pudo para poder decir todo en dos carillas, todo lo que sólo una madre puede decir. La noticia no salió, naturalmente".
Horacio Verbistky escribió en Walsh y la prensa clandestina que "varias empresas periodísticas aprovecharon (los primeros tiempos de la dictadura) para desembarazarse de los delegados más molestos, que en los cinco años previos habían conseguido para el gremio los niveles salariales más altos de su historia". Acaso el clima de los años previos al golpe pueda explicar ese comportamiento. El gremio de prensa no escapaba a la agitación general, las reivindicaciones (y las consiguientes "conquistas") eran constantes, al igual que la discusión política en las redacciones. Todo se parecía bastante a un estado de deliberación permanente en asambleas en las que en algún momento podía comprobarse la presencia de militantes armados. Pensar que la desaparición de delegados del gremio periodístico fue facilitada por las empresas parece hoy – ante el prestigio democrático de los medios – un razonamiento escandaloso, miserable. Sin embargo, se trata de la misma situación paralela que se vivió desde horas antes del golpe en las grandes fábricas y establecimientos del país que fueron rodeadas por tanques del ejército, cuyos listados de activistas sindicales fueron proporcionados por las patronales.
Delegados, empresas, niveles salariales, gremio. De nuevo palabras olvidadas en el camino de la experiencia democrática (¿qué fue de la vida de las páginas gremiales de los diarios?). Fragmentos minúsculos de uno de los tantos tipos de discurso que en Argentina virtualmente han dejado de existir. De ahí la duda – tan hondas han sido las transformaciones – de no saber sobre qué escalas de valores tiene sentido preguntarse por las percepciones que tuvieran La Nación u otros diarios respecto de la dimensión del horror y su proyección ética en el futuro. Retomando conceptos citados bien al comienzo de esta introducción, puede decirse que afirmar que "todos" o "muchos" fuimos cómplices puede llevar a una conclusión muy fundacional: si somos pareja y enteramente canallas, podemos quedarnos tranquilos, seguir siendo canallas, y dejar que la vida social siga a la deriva, cada cual a su balsa. Y si, por el contrario, la idea es no rozar "las heridas abiertas" (o pensar en la reyerta ajena de unos malos contra otros malos), manejémonos con extremísima cautela hasta que algo en el futuro, un fenómeno externo y extraordinario, nos indique que ya estamos reconciliados.
Ambas posturas extremas, la culpabilizadota y la seudopiadosa, sirven para soslayar cualquier conflicto, para aplanar valores y parámetros morales. Del cambalache resultante no queda margen ni para señalar eventuales complicidades ni para oponerles su espejo posible: en el campo del periodismo legalizado, Cox, Shonfeld, o quienes hayan elegido el "silencio digno" o el cambio de trabajo.
En 1997 La Nación publicó un fascículo sobre el Proceso Militar. Uno de sus párrafos decía:
"Los Militares por años se habían limitado a enterrar a sus muertos víctimas de atentados terroristas, apretando los puños y observando cómo apuradas amnistías devolvían la libertad a los pocos subversivos que habían caído en poder de la Justicia. Ahora devolvieron el golpe aniquilando a la guerrilla, a un precio muy alto para el país, tomado de rehén por una violencia que negaba la humanidad misma del oponente".
Es difícil resistir la tentación de analizar este texto, riquísimo en su brevedad. Hay una manera inicial de examinarlo que corre el riesgo de quedar deformada en el infantilismo y la mezquindad. Se trata de la reiterada pregunta de cuándo y desde qué sectores sociales comenzó la historia de la violencia política en el país (la respuesta patética a esta pregunta se formularía así: él empezó primero). No hay fecha inaugural del tipo Billiken (revista infantil argentina). Hay quienes en plena dictadura mencionan el Cordobazo (1) y quienes desde siempre y todavía hoy simbolizan el Principio en el asesinato de Aramburu(2). La masacre de Trelew (3) funciona para otros como quiebre y anticipación siniestra del porvenir. Es inevitable remitirse también al golpe del 55, a los bombardeos previos de Plaza de Mayo, a los fusilamientos y a los 18 años de proscripción del peronismo. Pero si se trata de seguir no con la historia profunda sino con los epifenómenos de la violencia social y política, sus manifestaciones más "espectaculares", también se pueden – se deben – mencionar los episodios de la Patagonia de 1921 rescatados del fondo de la historia por Osvaldo Bayer. El reloj puede seguir corriendo indefinidamente hacia atrás al fin y al cabo este país arrastra una fuerte tentación de desprenderse de porciones sociales y regiones enteras de su territorio, interminadas desde las épocas de las guerras civiles.
Una segunda cuestión es la matriz profunda del texto de La Nación que, amén de su tono vengador, sigue otorgando a las FFAA, la misma legitimidad que tuvieron para intervenir en los asuntos públicos durante medio siglo, como si la propia crisis de la última dictadura – al menos según el consenso de 1983, del que aparentemente el diario quedó afuera – no hubiera quebrado esa legitimidad. En el texto que citamos permanece intacto el derecho militar de cuestionar lo resuelto por las instituciones. Por apurada que pueda parecer la (en singular amnistía dictada en 1973, fue votada en el Congreso por la virtual unanimidad de los representantes de todos los partidos políticos, de acuerdo con el consenso social de entonces. Tercero: los militares siguen siendo vistos como reserva moral incontaminada, que resiste estoicamente el dolor – incuestionable -, ajena por completo, "por años", al decadente decurso de la vida política y social del país ¿No tienen entonces ninguna responsabilidad en sus intervenciones anteriores? No digamos ya la de 1930 ¿Y la del 55, las escaramuzas de azules y colorados. Los siete años de la Revolución Argentina en los que surgieron las organizaciones armadas y contra las cuales no sólo "apretaron los puños" sino que también combatieron?¿No encabezaban ya, desde los mandatos de Luder e Isabel Perón, la conducción estratégica de la lucha contra la guerrilla? ¿No anunciaban ya – antes del golpe – la derrota inexorable de la subversión?
Cuarto: la espectacular reyerta de unos malos contra otros malos deja al país – qué cómodo – "tomando de rehén" por una violencia abstracta y ajena.
Quinto: ¿Mencionó algo La Nación en su momento sobre su calidad de rehén o sobre "el costo demasiado alto" del aniquilamiento de la guerrilla? Sexto: ¿por qué se elude la posibilidad de decir – informar – con mayor transparencia cuál fue ese "costo demasiado alto"?
En este texto, y en tantos discursos que esquivan, justifican o niegan la existencia misma del horror, es donde – según escribía Steiner – nuestra imaginación se atasca, al igual que nuestra capacidad de comprensión. Y donde, definitivamente, cuesta avalar los prestigios y los corajes críticos de los contemporáneos que ayer callaron, otorgaron o aplaudieron.
En su libro La política mirada desde arriba, que se basa en ochenta años de historia editorial de La Nación, Ricardo Sidicaro no deja de prestar una especial atención al capítulo de la participación empresarial del diario (junto con Clarín y La Razón) en el monopolio estatal de Papel Prensa, decidida en plena dictadura. Además de contrariar sus principios liberales al realizar esa apuesta que le otorgaba claros privilegios respecto de sus competidores, La Nación debió soportar un largo debate – notoriamente áspero para lo que era la época – en el seno mismo de su sector empresario. El diario se enfrentó agriamente con La Prensa y hasta con el secretario de Hacienda, Juan Alemann. Más grave aún, quedó sospechado, en el más ramplón de los sentidos, en cuanto a los verdaderos alcances de su autonomía periodística. Nos interesa recordar el episodio – que no es menor, como tampoco lo fue el vergonzoso comportamiento de La Nación y otros medios cuando se produjo la detención de Timerman (Director del periódico La Opinión – Creador de la revista Primera Plana) – de la misma manera que nos interesa dejar que sean las cuidadosas palabras de Sidicaro las que permitan trazar un balance provisorio de la travesía del diario en los primeros años de la dictadura:
"La evolución de las posiciones de La Nación con respecto a la dictadura militar, durante la presidencia de Videla no puede analizarse sin tener en cuenta lo que sucedía en los sectores sociales más próximos al diario. Como expresión de esos sectores, los editoriales criticaron aspectos parciales de la política económica, sin dejar de adherir a los principios liberales inspiradores de la misma…La vocación del matutino por articular un discurso con aspiraciones doctrinarias más globales que las del mero corporativismo de las categorías dominantes pudo llevarlo a un mayor enfrentamiento con los militares, pero otra vez mostró su singular capacidad de moderación y de aceptación en los límites impuestos por la situación política…Que el "proceso" usara la violencia represiva contra opositores muy moderados, o aún para arreglar cuentas entre tendencias internas, fue una novedad que debió amedrentar al conjunto de los responsables de medios de comunicación. La autocensura fue la regla."
1-El Cordobazo (29 de mayo de 1969) fue un estallido social protagonizado por obreros y estudiantes cordobeses y de otras provincias que salieron a repudiar las políticas de opresión a los trabajadores, aplicadas por el gobierno de Juan Carlos Onganía que ante la magnitud de la movilización ordenó a reprimir ferozmente.
2-Pedro Eugenio Aramburu fue el jefe del golpe militar que derrocó en 1955 a Juan Domingo Perón en la llamada "Revolución Libertadora" (1955-1958).
3-El 22 de agosto de 1972 fueron fusilados 16 presos políticos del peronismo y de la izquierda que estaban detenidos en el penal de Rawson, en la Provincia de Chubut, (Patagonia austral argentina).
Decíamos Ayer. La prensa argentina bajo el Proceso; Blaustein Eduardo, Zubieta Martín, Ediciones Colihue; año 1998.